¿Por qué siento que todo lo malo me pasa a mí?
Hay días en los que tenemos la sensación de que hubiera sido mejor no levantarnos de la cama. Llegamos tarde al trabajo, se nos vuelca el café o el mate, se nos acumula trabajo de mas, nos pasan cosas “malas” todo el día y al final aparece esa sensación pesada y silenciosa: ¿Por qué siempre me pasa todo a mí?, todo me sale mal.
En este sentido, es importante hacer una diferenciación, no es lo mismo que me sucedan cosas negativas; a pensar que siempre todo lo malo me pasa a mí. No es lo mismo atravesar dificultades que construir una identidad basada en la desgracia.
La mente humana presta más atención a lo negativo que a lo positivo. Desde la psicología esto se conoce como sesgo de negatividad. Nuestro cerebro está diseñado para detectar amenazas y problemas porque, en términos evolutivos, sobrevivir dependía más de notar el peligro que de disfrutar lo agradable. El problema es que este sistema, útil para sobrevivir, a veces se vuelve injusto para vivir. Así, podemos pasar por alto diez cosas que funcionaron bien y quedarnos atrapados en una que salió mal.
Por ejemplo, una publicación en redes recibe veinte comentarios positivos y uno crítico. Ese único comentario negativo, parece borrar todo lo demás. Con los vínculos sucede algo parecido. Una persona tarda en responder y rápidamente aparece el pensamiento de que siempre me dejan esperando. No necesariamente porque sea cierto, sino porque la mente busca confirmar una historia previa.
Acá es donde muchas veces aparece el círculo difícil de romper. Cuando sentimos que todo lo malo nos pasa, dejamos de mirar la realidad con objetividad y comenzamos a mirarla con sentencia. Cada inconveniente deja de ser un hecho aislado y se transforma en prueba de esa sentencia. A veces no es que todo nos salga mal; es que estamos cansados, dolidos o atravesando un momento vulnerable que vuelve más pesadas las experiencias cotidianas. Esto no significa invalidar el sufrimiento. Hay personas que realmente atraviesan pérdidas, injusticias o etapas difíciles. El dolor existe y merece ser reconocido. Pero una cosa es aceptar que estamos viviendo un período complicado y otra muy distinta es asumir que somos imanes permanentes para la desgracia.
Quizás la pregunta no sea: ¿Por qué todo me pasa a mí? Tal vez una pregunta más honesta y transformadora sea: ¿Qué historia me estoy contando acerca de lo que me pasa? Porque la forma en que interpretamos nuestra experiencia puede aliviar o profundizar el dolor. Por ejemplo, una persona después de una separación amorosa empieza a notar únicamente lo que confirma su dolor; parejas felices en la calle, amigos que parecen avanzar en tener relaciones estables. Claramente existen un montón de personas solteras o separadas o atravesando situaciones similares, pero su percepción de la realidad está enfocada en confirmar su sufrimiento.
Es necesario revisar esas narrativas internas que, muchas veces sin darnos cuenta, convierten tropiezos humanos en etiquetas permanentes. La vida tiene días buenos y otros incómodos. Algunas etapas parecen alinearse a nuestro favor y otras desafían nuestra paciencia. Pero quizás el mayor alivio aparece cuando dejamos de preguntarnos por qué somos los elegidos de la mala suerte y empezamos a mirar nuestra historia con más compasión y más amor.
Segmento “Mente Abierta”. Lic. Anahi Peetoom. Mp n°40268.