Segmento “Mente Abierta”. ¿Existe la madre perfecta?
Cada tanto aparece la misma pregunta, aunque no siempre se formule en voz alta: ¿estoy siendo una buena madre? La maternidad suele estar rodeada de expectativas imposibles. Las redes sociales muestran desayunos saludables, habitaciones ordenadas, niños contentos y mamas con una energía infinita. Todo el mundo parece dar concejos acerca de cómo ser madre; familiares, amigos, especialistas, libros, influencers. Y en medio de tanto ruido, muchas mujeres terminan sintiendo que siempre les falta algo para alcanzar ese ideal de “madre perfecta”.
La madre perfecta es una construcción que genera más culpa que bienestar. Implica que una madre debería estar siempre disponible, ser paciente en todo momento, comprender cada necesidad de sus hijos, no equivocarse y, además, sostener su trabajo, sus vínculos, su casa y su propio bienestar. La realidad es muy diferente. Hay días en los que la paciencia se agota. Días en los que se responde con un tono que después genera arrepentimiento. Días en los que el cansancio gana la batalla. Y eso no convierte a nadie en una mala madre. La convierte en una persona.
El reconocido pediatra y psicoanalista Donald Winnicott hablaba de la figura de la “madre suficientemente buena”. No una madre perfecta, sino una madre capaz de acompañar, cuidar, reparar errores y adaptarse de manera razonable a las necesidades de sus hijos. Quizás allí esté una de las claves más importantes de la crianza: no se trata de no equivocarse, sino de poder reparar cuando nos equivocamos.
Muchos hijos no recuerdan a sus padres por la cantidad de actividades que organizaron ni por la perfección de sus decisiones. Recuerdan momentos simples: una conversación, una mirada de comprensión, una presencia disponible cuando algo dolía. Esto nos invita a reflexionar sobre una pregunta diferente. En lugar de preguntarnos: ¿Estoy haciendo todo perfecto?; tal vez podamos preguntarnos: ¿Estoy haciendo lo mejor que puedo con los recursos que tengo hoy? La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la perspectiva. Porque cuando buscamos la perfección, cualquier error se transforma en una prueba de fracaso. Cuando buscamos ser suficientemente buenos, los errores se convierten en oportunidades para aprender.
También es importante recordar que los hijos no necesitan madres perfectas. Necesitan madres reales. Personas que puedan mostrarles que equivocarse forma parte de la vida, que pedir perdón es posible y que nadie tiene todas las respuestas. Paradójicamente, intentar ser perfecta puede alejarnos de nuestros hijos. La preocupación constante por hacerlo todo bien puede impedirnos disfrutar de los momentos cotidianos, aquellos que verdaderamente construyen el vínculo.
La próxima vez que aparezca la culpa por no haber estado a la altura de un ideal imposible, quizás valga la pena detenerse y preguntarse de quién es esa expectativa que estoy intentando cumplir, qué le exigiría a una amiga que estuviera en mi misma situación, estoy siendo tan comprensiva conmigo como lo soy con los demás, qué aprenderían mis hijos si me vieran tratarme con más amabilidad.
La maternidad no es un examen que se aprueba o se desaprueba. Es un camino lleno de encuentros, errores, aprendizajes y transformaciones. Y quizás la verdadera pregunta no sea si existe la madre perfecta. Quizás sea ¿Por qué seguimos exigiéndonos una perfección que jamás le pediríamos a nadie que amamos?
Lic. Anahi Peetoom. M.P N°40268.