Comer con ritmo: el reloj biológico también tiene su tiempo!
Durante muchos años hablamos de qué comemos y de cuánto comemos. Más recientemente empezamos a prestar atención a cómo comemos. Sin embargo, la ciencia suma ahora una nueva pieza al rompecabezas: el momento en que comemos también importa.
Nuestro organismo funciona siguiendo un ritmo circadiano, un reloj biológico interno de aproximadamente 24 horas que regula procesos tan diversos como el sueño, la secreción hormonal, la temperatura corporal, la presión arterial y el metabolismo. Este reloj está sincronizado principalmente por la luz solar, pero también recibe señales de nuestros horarios de alimentación, actividad física y descanso.
¿Qué ocurre cuando desayunamos a cualquier hora, cenamos muy tarde o pasamos el día picoteando? En cierta forma, le enviamos mensajes contradictorios al organismo. Es como intentar hacer funcionar una ciudad donde los semáforos no están sincronizados: todo sigue funcionando, pero de manera menos eficiente.
Hoy sabemos que el cuerpo no procesa los alimentos igual a las ocho de la mañana que a las diez de la noche. Durante las primeras horas del día existe una mayor sensibilidad a la insulina, lo que facilita el manejo de la glucosa. A medida que avanza la jornada, esa capacidad disminuye. Por eso, una cena abundante y tardía suele asociarse con digestiones más pesadas, peor calidad del sueño y un mayor esfuerzo metabólico.
Esto no significa que exista una “hora mágica” para comer ni que todos debamos cenar a las seis de la tarde. Significa que, siempre que sea posible, conviene mantener horarios relativamente estables y concentrar una mayor parte de la ingesta durante las horas de mayor actividad.
Otro aspecto importante es el descanso nocturno. Dormir poco o dormir mal altera hormonas relacionadas con el apetito, favoreciendo un aumento del hambre, especialmente por alimentos ricos en azúcar y grasas. Muchas personas que consultan por aumento de peso presentan un patrón repetido: cenas tardías, sueño fragmentado y cansancio durante el día. No siempre el problema está únicamente en las calorías, sino también en el momento en que el organismo las recibe.
Cada vez más investigaciones muestran que respetar el ritmo circadiano puede mejorar el control de la glucosa, favorecer la sensibilidad a la insulina, contribuir al manejo del peso corporal y disminuir el riesgo de enfermedades metabólicas. En la práctica, no se trata de vivir pendiente del reloj ni de agregar una nueva regla rígida a la alimentación. Se trata de recuperar cierta regularidad.
Desayunar si existe apetito, evitar pasar muchas horas sin comer para luego realizar una cena excesiva, intentar cenar al menos dos o tres horas antes de acostarse y procurar dormir entre siete y nueve horas son hábitos sencillos que ayudan a sincronizar el organismo.
La alimentación saludable ya no depende solamente de elegir frutas, verduras, legumbres o proteínas de calidad. También implica respetar los tiempos del cuerpo. Nuestro reloj biológico lleva millones de años adaptándose a la salida y la puesta del sol; quizá sea momento de volver a escucharlo.
Siempre suelo decir que no existen soluciones mágicas. Pero sí existen pequeños cambios que, sostenidos en el tiempo, producen grandes beneficios. Comer mejor también es aprender a comer en el momento adecuado.
Lic. en Nutrición Carolina Tedesco (MP 6764)
Divulgadora en salud y bienestar – Estamos de 10 – LU24 – Seguinos en redes para más novedades: @carotedesco_nutricion @modonutt