Vivir dos veces – Escribe: Omar Eduardo Alonso
Hace mucho tiempo el poeta romano Marco Valerio Marcial dijo que “poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”.
Me pareció una cita muy apropiada para hacer referencia a una interesante iniciativa que está en marcha en el Club Dannevirke, ubicado a algunos pocos kilómetros de la planta urbana de San Cayetano.
Interesante, digo, por varias razones.

Una de ellas porque se trata del único club de toda la región que permanece en funcionamiento, debiéndose recordar que la comunidad danesa pionera tenía activos varios de ellos donde se concentraban importantes encuentros sociales y deportivos.
De algunos ya no quedan rastros sino en la memoria. Otros, como el Club Danés de Tres Arroyos sostiene inactiva una valiosa estructura que otrora fuera lugar de encuentros de distinto tipo.
Otra razón, es porque la recuperación de Dannevirke se está produciendo por la irrupción de un grupo de jóvenes que están afrontando el desafío de rescatar algunas de las tradiciones dinamarquesas.
Una tercera, quizás, es que esos jóvenes ya no son daneses. Alguno puede tener algún contacto ancestral lejano y otros ni siquiera eso. No obstante, han comprendido e interpretado la importancia de recuperar el funcionamiento de una estructura que es imponente, valiosa e histórica, si mencionamos lo estrictamente material. Pero además la reedición de algunas de las manifestaciones de una colectividad que ha tenido vital importancia en el desarrollo de la región.
Y uno de esos capítulos se desarrolló este sábado. Y fui testigo, especialmente invitado.
Es que se reeditó la tradicional quema de la bruja que se corresponde con San Juan, acontecimiento que congregó a una muy buena concurrencia de toda la zona, que fue precedido por una misa.
Posteriormente hubo juegos de mesa y las damas en un despliegue conjunto trabajaron sobre distintas manualidades, todo ello matizado por encuentros, conversaciones y recuerdos compartidos.
De la mano del joven presidente de la institución, Ramiro Urdampilleta, todo se desarrolló en un clima de gran cordialidad y afecto generalizado, compartiendo la experiencia mucha juventud y mucha veteranía.
La cena con platos típicos, no desentonó e incluyó, además del tradicional ponche, algunas interpretaciones de canciones danesas típicas y brindis reiterados.
La Sociedad Danesa Dannevirke está en marcha y no es un dato menor. Se están estableciendo vínculos con otras instituciones dinamarquesas existentes en el país buscando la manera de preservar las históricas raíces traídas por aquellos inmigrantes de fines del siglo 19 y principios del 20.
Una historia viviente
Y allí estaban, participando, Poul Hansen y su esposa María Toscano.
En el fragor y la intensidad del salón donde grupos diversos se entretenían, pude charlar con Poul, de 85 años, que no es danés, según él mismo aclara.
Se entusiasma al relatar detalles de la llegada al país de su padre, muy joven; de la forma en que comienza a trabajar en la zona rural de Necochea y La Dulce; de cómo progresa primero como mediero, arrendatario y finalmente propietario de 210 hectáreas que él aún conserva.
De cómo su padre retorna a Dinamarca y en uno de sus viajes conoce a quien sería su madre; del establecimiento de la familia constituida y la llegada de los hijos, él incluido.
No deja de relatar algunos aspectos de los avatares enfrentados en la actividad agropecuaria, como la crisis del 30 y referencias sobre las alternativas cambiantes en que se produjo su asistencia escolar.
Pero un capítulo especial de la charla se refirió al deporte.
Recordó sus buenos resultados en varias especialidades del atletismo, especialmente como velocista en los cien metros llanos.
Y una simple observación permite deducir que en su juventud contaba con las condiciones apropiadas para ser un buen atleta: hoy ya veterano y con algún achaque en las rodillas, como él mismo cuenta, se lo observa delgado y bien plantado, además de muy lúcido.
Pero su pasión son los fierros. Lo fue siempre y eso no se ha modificado con el transcurso de los años, aunque añora aquellas competencias de las cupecitas del TC y los grandes ídolos de antaño, con los que supo mezclarse.
Recordó que supo de la necesidad de participar viendo a los Gálvez y otros competidores.
Y allí fue. Y brinda detalles del proceso de preparación de un Ford con el que participó en varias competencias. Mi propósito no era ganar, sino poder dar la vuelta, reconoce. Con eso era suficiente.
Cuenta de su vínculo con “Cholo” Taraborelli, con Bautista Larriestra, con “la bomba de Caballito”, de Juan Carlos Navone; con Nelson Difonzo y muchos de los comprometidos con aquella apasionante actividad.
Entra en detalles sobre situaciones que hicieron que alternara esa actividad competitiva, como requerimientos del trabajo agrario o accidentes personales.
Luego la decisión de sacarle kilos al Ford de TC para adaptarlo a las competencias zonales y hasta el recuerdo de un trágico accidente de Salerno en una de esas carreras.
Cuenta que, como a muchos nos parece, ya las carreras han perdido aquel romántico encanto que enfervorizaba a multitudes y comprometía los esfuerzos artesanales de numerosos entusiastas para poder participar.
Y Paul Hansen estaba allí, en Dannevirke, participando y apoyando con su presencia este desafío que una nueva generación ha resuelto afrontar.
Sin dudas un ejemplo que sería importante imitar en otros lugares para que no se pierdan aquellas costumbres y tradiciones, mucho más allá de la natural integración de las costumbres nativas y extranjeras.
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