Aclaraciones: ¿Real malicia? Escribe: Omar Eduardo Alonso
“Puede fallar”, decía Tu Sam
Esta crónica está orientada a dar lugar a una serie de aclaraciones formuladas a propósito de la publicada la semana pasada sobre “La Blanca”, su historia y algunas especulaciones.
En la introducción creo que merece algunas consideraciones sobre el trabajo de recopilación histórica que me ocupa desde hace varios años. Hasta el momento sin mayores objeciones y en general bastante reconocido.
En todos los casos el relato busca cimentarse en documentación que lo avale, entre ellas lo escrito por otros colegas en otras épocas.
Eventualmente se recurre a testimonios de las personas vinculadas con la historia y en caso de no contarse con los mismos, se recurre a captar versiones populares, especulando con las posibilidades e indicios que las avalen.
Se recurre, entonces, a un relato donde se expresan dudas y se dejan planteados interrogantes, pero nunca se avanza sobre la intimidad y la honorabilidad de las personas, mucho más si se trata de protagonistas de un pasado remoto.
Detalles más o menos así fue trazada la crónica de la semana anterior, donde se consigna que habían resultado infructuosos los esfuerzos por contactar a familiares de los antiguos propietarios del lugar.
Hecha esa publicación, esto ocurrió. Es algo saludable y deseable desde el punto de vista periodístico, pues contribuye a echar luz sobre el tema.
En este caso, echando por tierra casi todos los datos por mí recopilados, incluyendo los plasmados en registros históricos, como el álbum del cincuentenario de Tres Arroyos o la crónica incluida en el relevamiento efectuado hacia fines de la década de 1920 y que yo reproduje.
Intentaré no hacer mayores comentarios y cumplir con mi compromiso de reproducir lo que me dijo, horas atrás en mi domicilio, el señor Horacio Julián Martínez Ghio quien accedió a que grabara su testimonio y le tomara una foto, lo que incluyo en esta crónica.
El señor Horacio Martínez es descendiente (nieto) del propietario original de La Blanca, es empresario radicado en Mendoza y circunstancialmente con presencia en nuestra ciudad.
Expuesto el encuadre, queda a consideración de los lectores esta cuestión.
Las aclaraciones
Visiblemente molesto pero sin alejarse de la amabilidad y corrección, el señor Martínez Ghio rechazó de plano cualquier especulación de que en La Blanca hubiera funcionado un prostíbulo y cualquier relación con la comunidad judía.
Rechazó que el señor Julián Martínez y Martínez, su abuelo, procediera de Rauch y que la construcción tenga en uno de sus frentes unas estrellas como las que habitualmente identifican a la comunidad judía.
Recordó que su abuelo contaba con una oficina en proximidades de la estación ferroviaria, donde atendía sus negocios. Incluía los establecimientos de campo que se mencionan en la grabación, operaciones de compra venta de los productos agropecuarios y también intereses de la Sociedad Rural Argentina, entidad que oportunamente lo reconoció entregándole una medalla que la familia conserva.
Recomiendo, para dejar todo adecuadamente en claro, escuchar la grabación que se anexa al respecto.
—Grabación—
Respecto al título de la nota, me pareció apropiado recordar que el ejercicio del periodismo está encuadrado en la doctrina de la real malicia, debiéndose demostrar eventualmente la voluntad de agravio.
Claramente no es este el caso pues surge del texto de la crónica anterior, además de no existir motivo ni beneficio alguno de mi parte.
El señor Martínez Ghio fue invitado por mí a repasar el texto elaborado y las fotos que lo acompañaron, que motivaron su inquietud, declinando esa posibilidad y remitiéndose a su interpretación.
Son “cosas que pasan”, como diría José Larralde en una de sus brillantes interpretaciones.
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