Argentina-Inglaterra: el Mundial 98, rodeados y amenazados por hooligans – Carlos Ordóñez
Hoy que se juega un nuevo Argentina-Inglaterra, vuelven inevitablemente los recuerdos de aquel partido inolvidable del Mundial de 1998. El 30 de junio de ese año presencié uno de los mejores encuentros de la historia de los Mundiales. Pero lo que nunca imaginé fue que el recuerdo más fuerte no estaría dentro de la cancha, sino en la tribuna.
Por una cuestión de ubicación terminamos en un sector ocupado, en un 80 por ciento, por hinchas ingleses. No eran simples simpatizantes. Muchos eran hooligans que habían llegado en tren especialmente para ese partido y que convirtieron aquella cabecera del estadio Geoffroy-Guichard, de Saint-Étienne, en un lugar realmente hostil para cualquier argentino.
Mucho antes del comienzo cantaban God Save the Queen y repetían una y otra vez aquel “England… England… England…”. Era un canto gutural, grave, casi un grito de guerra, que hacía estremecer toda la tribuna.
Habíamos llegado varios argentinos juntos, pero apenas comenzó el partido empezaron los empujones, las amenazas y los golpes desde las filas superiores. Algunos compañeros decidieron irse antes de terminar el primer tiempo. Solo tres resolvimos quedarnos.
Habíamos viajado miles de kilómetros para vivir ese Mundial y no pensábamos abandonar semejante partido. Pero hubo que tomar una decisión: me saqué la camiseta argentina y la escondí debajo de la bermuda para pasar inadvertido.
Estábamos detrás del arco donde Javier Zanetti marcó aquel inolvidable gol de la jugada preparada y donde, más tarde, se definiría la serie de penales.
Durante el alargue ocurrió la escena más dura de la noche. En la fila inmediata a la nuestra, un hincha argentino fue descubierto y un grupo de siete u ocho hooligans comenzó a golpearlo salvajemente. El hombre intentó defenderse, pero eran demasiados. Terminó completamente ensangrentado y tuvo que abandonar la tribuna. En ese momento entendimos que cualquier gesto podía desencadenar otra agresión.
Los penales los vivimos en absoluto silencio. Ni siquiera cuando Roberto Ayala convirtió el cuarto penal argentino nos animamos a festejar. Y cuando David Batty ejecutó el último remate inglés, Carlos Roa se arrojó hacia su derecha y lo atajó, dándole la clasificación a la Argentina.
No hubo abrazos ni gritos.
Salimos corriendo escaleras abajo, atravesando unas diez o quince filas de tribuna. Recién cuando estuvimos fuera del estadio nos animamos a festejar. Después vino otra odisea: encontrar el colectivo, estacionado en otro sector de Saint-Étienne, mientras miles de personas abandonaban la cancha y la ciudad permanecía rodeada por un impresionante operativo policial.
Al día siguiente, la prensa francesa informó un episodio que reflejaba el nivel de violencia que se había vivido. En un primer momento trascendió que un hincha argentino había sido apuñalado por hooligans ingleses durante el regreso en tren. Horas más tarde se confirmó que la víctima era en realidad un ciudadano francés, confundido con un simpatizante argentino por un grupo de violentos ingleses.
Pasaron casi treinta años. He estado en muchos estadios y en otros Mundiales. Pero jamás volví a experimentar algo parecido.
Cada vez que veo la atajada de Carlos Roa vuelvo, inevitablemente, a aquella tribuna de Saint-Étienne. No recuerdo solamente la clasificación argentina. Recuerdo el silencio con el que tuvimos que vivirla, rodeados por miles de hooligans ingleses, en una noche en la que festejar un gol podía costar muy caro.