“Arquitectura emblemática”: La industria que construye un nuevo futuro, SOMISA
En plena Diagonal Sur, una sede administrativa convirtió su estructura, su materia y su tecnología en la expresión visible de una Argentina que confiaba en su capacidad industrial.
Sobre la Diagonal Sur de Buenos Aires, el volumen se presenta como una pieza impoluta en medio de frenesí porteño. Ambas fachadas se unen en la dirección aguda del terreno y la obliga a convertirse en proa. Sus columnas expuestas, la magnitud de sus vigas metálicas y sus paños de vidrio repiten una rigurosa trama que permite leer el orden de los pisos que sostiene el conjunto donde la estructura es parte indisoluble de su expresión, decisión proyectual que nos confirma qué clase de institución lo encargó y qué proyecto de país prospectaba desde la fuerza industrial.
Nada parece colocado para ocultar cómo fue construido, aquí yace su verdadera dimensión.
SOMISA, la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina, había sido creada para desarrollar una industria considerada estratégica. Producir acero dentro del país significaba disponer de una materia indispensable para construir puentes, fábricas, ferrocarriles, edificios, máquinas e infraestructuras. Pero implicaba algo más profundo: reunir conocimiento técnico, energía, trabajo, inversión y capacidad institucional alrededor de un objetivo común.
El acero nunca es solamente acero.
Antes de transformarse en una columna o en una viga, exige mineral, hornos, transporte, ingeniería, obreros especializados, decisiones económicas y una organización capaz de sostener todo ese proceso. En cada pieza metálica de SOMISA hay una cadena humana y productiva que excede ampliamente los límites del edificio.
El proyecto ganador fue realizado por el estudio de Mario Roberto Álvarez y asociados. Inaugurado en 1977, el edificio fue galardonado por el GCBA como el primero del país erigido íntegramente en acero.
La precisión de esos datos permite entender la magnitud de la operación, aunque por sí solos no explican su sentido.
Bajo el nivel de la ciudad se construyeron siete subsuelos de hormigón armado, destinados a estacionamientos, instalaciones y servicios. Esa base pesada, enterrada y casi invisible recibe las cargas del conjunto. Sobre ella se levantan catorce niveles resueltos mediante una estructura metálica que alcanza las fachadas y permanece a la vista.
El contraste resulta elocuente: una base de hormigón arraiga la obra al suelo; sobre ella, el acero organiza una arquitectura más esbelta, repetitiva y precisa.
Las uniones soldadas permitieron vincular las piezas metálicas con una continuidad poco habitual para la época.
En lugar de depender solamente de bulones o remaches visibles, muchas partes de la estructura pudieron integrarse mediante soldaduras. Esto exigía control, especialización y una ejecución rigurosa. La técnica no era un detalle secundario. Formaba parte de aquello que el edificio quería demostrar.
También la fachada incorporó tempranamente termopaneles dobles con cámara de aire. Dicho de una manera sencilla, se utilizaron dos hojas de vidrio separadas por un espacio intermedio que ayuda a disminuir el paso del calor, el frío y el ruido. En una torre administrativa con gran superficie vidriada, aquella decisión buscaba mejorar el comportamiento interior y acompañar la imagen tecnológica del conjunto.
Sin embargo, la singularidad de SOMISA no depende de sumar innovaciones.
Lo decisivo es que el acero empleado en su construcción había sido producido por la propia empresa. El material no llegó como una solución anónima elegida en un catálogo. Era el resultado directo de la actividad que la institución desarrollaba. La sede se convirtió así en una demostración construida de su capacidad productiva.
Cada columna podía leerse como estructura y como evidencia y aqui el acero no adorna, trabaja.
El edificio introduce un lenguaje industrial y tecnológico en un sector de Buenos Aires definido por trazados históricos, edificios institucionales y frentes continuos. No reproduce los estilos del entorno, pero tampoco actúa como si el lugar estuviera vacío.
El edificio parece hablar de continuidad, organización y dominio técnico. La historia que lo rodea habla también de interrupciones, pérdidas y cambios de rumbo. La privatización de SOMISA en 1992 alteró definitivamente el sistema empresarial al que la sede pertenecía. Con el tiempo, la obra sobrevivió a la institución que le había dado su nombre y su sentido original. Hoy aloja dependencias del Estado nacional.
La materia permaneció. El proyecto colectivo cambió.
El patrimonio no está formado únicamente por el valor material, también por el valor inmaterial como saberes, modos de producir, instituciones y expectativas compartidas.
Si se separa a SOMISA de esa trama, su acero puede quedar reducido a una imagen poderosa, fotografiada y admirada como vestigio de otra época. Cuando se reconstruyen sus vínculos con el trabajo, la industria, la técnica y la ciudad, la obra recupera su capacidad simbólica.
Hay edificios que primero se reconocen por su forma. Otros se recuerdan por la materia. SOMISA pertenece a una categoría menos frecuente: se comprende cuando uno advierte que allí la forma y la materia cuentan una misma historia.
El acero continúa a la vista, sosteniendo una arquitectura concebida para durar. Y mientras la ciudad cambia alrededor, SOMISA conserva una pregunta que todavía merece ser escuchada: ¿qué edificios estamos construyendo hoy capaces de expresar, con igual precisión, aquello que deseamos llegar a ser?