El peligro de la positividad tóxica: cuando “estar bien” se vuelve una exigencia
Vivimos en una época en la que parecer feliz se ha convertido casi en un mandato. Todo el tiempo circulan frases como todo pasa por algo, elegí ser feliz, el universo conspira a tu favor. Aunque estos mensajes pueden resultar inspiradores, también esconden el riesgo de pensar que sentir tristeza, enojo, miedo o frustración es un fracaso personal.
La creencia de que debemos tener una actitud positiva en cualquier circunstancia, incluso cuando atravesamos experiencias muy dolorosas, se termina convirtiendo en positividad toxica. El problema no ser optimistas, sino negar o minimizar aquello que sentimos.
Muchas veces la positividad tóxica aparece disfrazada de apoyo. Generalmente no se dicen con mala intención, se suele querer aliviar el sufrimiento del otro. Sin embargo, el efecto puede ser exactamente el contrario; la persona siente que sus emociones no tienen lugar, que está exagerando o que debería dejar de sentirse como se siente. El mensaje implícito es que las emociones incómodas son un problema que debe resolverse rápidamente.
Las emociones no desaparecen porque decidamos ignorarlas. Cuando no encuentran un espacio para expresarse, suelen manifestarse de otras maneras; aparece como ansiedad, irritabilidad, agotamiento, dificultades para dormir o una sensación constante de vacío. Aceptar una emoción no significa resignarse, ni quedarse atrapado en ella. Significa reconocer que existe. Es imposible atravesar un duelo sin tristeza. Es natural sentir miedo frente a la incertidumbre. Es esperable experimentar enojo ante una injusticia. Todas estas emociones cumplen la función de informarnos sobre lo que estamos viviendo y nos ayudan a adaptarnos. Negarlas no las elimina; simplemente las vuelve más difíciles de procesar.
Ser optimista no implica fingir que todo está bien. La esperanza saludable tiene que ver con pensar, por ejemplo, que esto que estoy viviendo es muy difícil, pero confío en que voy a encontrar recursos para atravesarlo. La positividad tóxica, en cambio, funcionaria mas del estilo de no estés mal, todo va a salir perfecto. La diferencia parece sutil, pero es enorme. La primera reconoce el dolor y, al mismo tiempo, abre la posibilidad de seguir adelante. La segunda intenta borrar el dolor como si nunca hubiera existido.
También nos lo hacemos a nosotros mismos. No siempre es el entorno quien invalida nuestras emociones. Muchas veces somos nuestros propios jueces. Sin darnos cuenta, nos exigimos una fortaleza permanente que ningún ser humano puede sostener. Aceptar que estamos atravesando un momento difícil no nos hace débiles. Nos hace humanos.
La tristeza también habla de aquello que valoramos. El miedo nos recuerda que hay algo importante para proteger. El enojo señala límites que necesitan ser revisados. Las emociones no son enemigas. Son mensajeras. ¿Qué intenta decirme esta emoción sobre mí, sobre mi historia y sobre lo que necesito hoy? Escuchar esa respuesta suele ser mucho más transformador que obligarnos a sonreír cuando, en realidad, lo que necesitamos es sentirnos comprendidos.
Segmento “Mente Abierta”. Lic. Anahi Peetoom. Mp n°40268.