“Mente Abierta”: Las discusiones no son el problema, sino lo que hacemos con ellas
La mayoría de las personas creen que las discusiones son un problema, esto es un concepto erróneo. La realidad es que discutir es inevitable. Dos personas distintas, con historias, necesidades, formas de pensar y expectativas diferentes, tarde o temprano van a encontrarse con desacuerdos. No importa si hablamos de una pareja, una amistad, una relación entre padres e hijos o compañeros de trabajo.
Lo que realmente nos tenemos que poner a pensar es ¿qué hacemos cuando discutimos? Imaginemos una situación cotidiana, donde una mujer llega cansada del trabajo y encuentra, una vez más, los vasos sucios. Le pide a su hijo que los lave. Su hijo responde, “siempre exageras”. En cuestión de segundos, la conversación deja de tratarse de unos vasos. Aparece una lista interminable de reclamos, “Nunca me escuchas”, “Siempre estás de mal humor”, “Todo te molesta”, etc. Lo que comenzó como una situación pequeña termina convirtiéndose en una batalla donde ambos intentan demostrar quién tiene razón.

El problema es la forma en que cada uno maneja el conflicto. Muchas discusiones fracasan porque las personas entran en una especie de competencia invisible. Ya no buscan comprender al otro. Buscan ganar. Buscan encontrar el argumento definitivo, la frase que cierre la conversación o la prueba que demuestre que el otro está equivocado. Pero las relaciones no funcionan como un juicio. Porque incluso cuando una persona “gana” la discusión, ambos suelen perder algo importante, la conexión emocional.
Existe otro error frecuente que es creer que evitar las discusiones es señal de madurez. Pensemos en alguien que cada vez que algo le molesta responde que no pasa nada. Pero sí pasa. Solo que el enojo no desaparece. Se acumula. Y lo que no se habla suele salir después de otras maneras; con distancia, indiferencia, ironías o explosiones desproporcionadas. A veces las relaciones no se rompen por las discusiones que tuvieron. Se rompen por las conversaciones que nunca se animaron a tener.
Las relaciones sanas no son aquellas donde nunca hay conflictos. Son aquellas donde las personas pueden atravesarlos sin destruirse en el intento. Esto implica escuchar para comprender y no solo para responder; hablar del problema sin atacar a la persona; reconocer errores propios; expresar necesidades sin exigir que el otro las adivine; entender que tener diferencias no significa ser enemigos.
Porque una discusión puede convertirse en una oportunidad para conocerse mejor. O en una excusa para lastimarse. Todo depende de cómo se gestione. Quizás el verdadero desafío no sea evitar las discusiones. Quizás el desafío sea aprender a permanecer conectados incluso cuando pensamos diferente. Después de todo, las relaciones más fuertes no son las que nunca enfrentan tormentas. Son aquellas que, en medio del conflicto, recuerdan que están del mismo lado.
La próxima vez que discutas con alguien importante para vos, tal vez valga la pena preguntarte: ¿Estoy intentando resolver el problema o simplemente demostrar que tengo razón? La respuesta puede cambiar por completo el rumbo de la conversación.
Lic. Anahi Peetoom. MP N°40268.