¿Por qué repetimos el mismo tipo de pareja?
Hay una escena que se repite más de lo que nos gustaría admitir: cambia el nombre, cambia la historia, pero no cambia el tipo de persona que elegimos. Distintas caras, el mismo patrón. Entonces nos preguntamos: ¿por qué me pasa siempre lo mismo? Empiezan a circular frases como “No entiendo cómo terminé otra vez con alguien violento”. O tal vez con esa amiga o amigo que dice: “Todos los hombres o mujeres con los que salgo terminan siendo iguales”. Pero la pregunta es: “¿Todos son iguales, o hay algo parecido que te atrae?”
Esto no es casualidad. Elegir pareja no es un acto completamente consciente ni racional. Muy por el contrario, está profundamente atravesado por nuestra historia emocional, especialmente por nuestras primeras experiencias vinculares. En la infancia aprendemos qué es el amor. No en términos teóricos, sino en cómo se siente. Si el amor fue inestable, impredecible o demandante, es probable que de adultos asociemos esas mismas sensaciones con lo que “nos atrae”. No porque nos haga bien, sino porque nos resulta familiar. Y lo familiar, aunque duela, tranquiliza.
Por eso a veces ocurre algo curioso: aparece una persona disponible, clara y consistente; y sentimos que “no pasa nada”. Mientras tanto, alguien ambiguo, difícil o intermitente puede despertarnos una intensidad enorme. A veces confundimos amor con adrenalina, incertidumbre o necesidad de aprobación.
A esto se le suma lo que en psicología llamamos compulsión a la repetición: una tendencia inconsciente a recrear situaciones pasadas, con la fantasía de que esta vez sí tendrán un desenlace distinto. Elegimos, sin saberlo, personas que encajan con viejos guiones emocionales, intentando reparar lo que alguna vez nos faltó. Es como volver a leer el mismo libro esperando un final diferente. Pero lo que no se hace consciente, se repite.
Hay algo que tenemos que entender y que es sumamente importante: no estamos condenados a repetir. El primer paso para salir de ese circuito es poder verlo. Preguntarnos con honestidad, ¿qué tienen en común mis parejas? ¿Qué emociones se repiten? ¿Qué lugar ocupo yo en esos vínculos?
Cambiar el tipo de pareja que elegimos no empieza afuera, empieza adentro. Implica revisar nuestras creencias, aprender a tolerar lo diferente, que muchas veces se siente extraño al principio, y construir una relación más consciente con nosotros mismos. Porque elegir distinto no es cuestión de suerte. Es un proceso. Y también, una oportunidad.
Segmento “Mente Abierta”. Lic. Anahi Peetoom. MP N°40268.