¿Quién necesita ir a terapia?

4 agosto, 2026

¿Quién necesita ir a terapia?

Todavía hoy persiste la idea de que acudir a terapia es una señal de debilidad o que solo lo hacen quienes atraviesan una crisis profunda. Sin embargo, esta creencia está muy lejos de la realidad. Cada vez más personas incorporan la terapia como un espacio de autoconocimiento, crecimiento y bienestar, incluso cuando no existe un problema grave que resolver. En terapia no existe una única forma de trabajar, porque cada proceso se adapta a las necesidades de la persona. El objetivo no es simplemente hablar, sino utilizar ese espacio para comprender lo que sucede, generar cambios y desarrollar recursos para afrontar la vida de una manera más saludable.

Así como acudimos a un médico para realizar controles de salud, también podemos cuidar nuestra salud mental antes de que aparezca un gran malestar. La terapia no está reservada para quienes no pueden solos, sino para quienes desean comprenderse mejor, desarrollar herramientas y mejorar su calidad de vida.

Los motivos para comenzar un proceso terapéutico son tan diversos como las personas que consultan. Algunas llegan porque sienten ansiedad o tristeza; otras porque atraviesan una separación, un duelo o un cambio laboral. Pero también existen quienes consultan porque quieren aprender a poner límites, mejorar su autoestima, fortalecer sus vínculos o simplemente conocerse más. En la vida cotidiana encontramos numerosos ejemplos. Una persona puede iniciar terapia porque siempre dice que sí cuando en realidad quiere decir que no y termina agotada. Otra puede hacerlo porque, aunque su vida parece estar bien, siente un vacío difícil de explicar. Alguien más puede buscar ayuda para aprender a gestionar el estrés antes de que afecte su salud, o porque desea dejar de repetir los mismos conflictos en sus relaciones de pareja. También hay quienes comienzan terapia para atravesar una etapa de cambios positivos: convertirse en padres, iniciar una convivencia, asumir un nuevo puesto de trabajo o emprender un proyecto personal. Incluso los momentos felices pueden generar incertidumbre y requerir un espacio donde ordenar emociones.

Cuando una persona comienza terapia, es frecuente que experimente cambios que van mucho más allá del consultorio. Algunos pueden sentirse muy positivos desde el inicio, mientras que otros pueden resultar incómodos porque implican revisar aspectos que antes pasaban desapercibidos. Esto forma parte del proceso y no significa que la terapia esté funcionando mal. Hablar de temas dolorosos, conectar con emociones evitadas o enfrentar situaciones pendientes puede hacer que, temporalmente, la persona se sienta más movilizada. Esto no significa retroceder, sino empezar a elaborar aquello que antes permanecía oculto.

Lo que suele suceder cuando una persona comienza un espacio terapéutico es que empieza a poner en palabras lo que antes solo sentía, aumenta la conciencia sobre uno mismo. Comienzan a reconocer patrones de comportamiento, pensamientos automáticos o formas de vincularse que antes parecían normales. Suelen cuestionarse viejas creencias, ideas como “tengo que poder con todo”, “si digo que no soy egoísta” o “debo agradarle a todo el mundo” empiezan a revisarse. Es común que la persona aprenda a expresar sus necesidades con mayor claridad, esto puede generar sorpresa o incluso resistencia en quienes estaban acostumbrados a que siempre dijera que sí. Al comprender mejor sus necesidades y valores, muchas personas sienten mayor seguridad para decidir sobre relaciones, trabajo o proyectos personales. Algunos vínculos se fortalecen porque hay una comunicación más auténtica; otros pueden volverse más tensos cuando aparecen límites o dejan de repetirse dinámicas poco saludables.

La terapia no ofrece soluciones mágicas ni elimina los problemas de la vida. Lo que brinda es un espacio seguro para pensar, comprender lo que nos sucede y construir recursos que nos permitan afrontar los desafíos de una manera más saludable. Hacer terapia no significa estar roto ni fracasar. Significa reconocer que la salud mental merece el mismo cuidado que la salud física y que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino una forma de responsabilidad y autocuidado. Quizás el verdadero cambio cultural ocurra cuando dejemos de preguntar “¿qué te pasó para empezar terapia?” y comencemos a pensar que, en algún momento de la vida, todos podemos beneficiarnos de tener un espacio para escucharnos, comprendernos y crecer.

Segmento “Mente Abierta”. Lic. en Psicología Anahí Cristina Peetoom, mp. N°40268