“Tode” un desafío para “elle”.

21 noviembre, 2020 Leido: 1210

“Tode” un desafío para “elle”.

Desde hace un tiempo, el vocabulario inclusivo ha sido motivo de consideraciones de distinta naturaleza, a favor y en contra.
Lo cierto es que para la vieja generación no es sencillo asimilar esta cuestión sin cierta resistencia.

Los expertos en lingüística dicen que el idioma es una cuestión dinámica que se va modificando con el tiempo y los usos y costumbres de las distintas comunidades.
Esos cambios suelen convalidarse por la Real Academia Española dando lugar a palabras y giros idiomáticos que nosotros ni siquiera podríamos imaginarnos hace algún tiempo.
Aceptar que murciélago es lo mismo que murciégalo, polvareda que polvadera, etc, la inclusión de palabras del lunfardo de uso frecuente y otras yerbas, no es para nada fácil para muchas personas, entre las que me incluyo.
Recuerdo haberme escandalizado, podría decirse, cuando observaba que en los cuadernos de mis hijos no se corregían las faltas de ortografía. Yo suponía, automáticamente, que no se corregían por desconocimiento de los docentes.
Luego pude escuchar una explicación en el sentido que no se corregían porque en realidad lo más importante era que los chicos, chicas y chiques de entonces se pudieran expresar y lo hicieran de manera que el resto de las personas lo entendieran. Que no importaba la forma que lo hacía.
Es imposible que ante todas estas cuestiones no me vengan a la mente aquellas clases de lenguaje castellano a cargo de la por entonces señorita Susana Mesa.
Recuerdo claramente cómo su cara se transformaba cuando se sentía molesta por alguna agresión idiomática.
No era cuestión de ser purista respecto al idioma de Cervantes, sino simplemente hacerlo de manera correcta en el escaso volumen que una persona común puede manejar en su vida cotidiana.
Por ejemplo la enojaba cuando alguno de nosotros decía “no se puede hacer más nada” cuando lo correcto es “no se puede hacer nada más”.
Hoy es común escuchar esas y otras cosas, como redundancias “vuelvo a repetir”, “lapso de tiempo”, “perduren en el tiempo” y demás.
Imagino cuál sería la reacción del profesor Antonio Rubén Ferrari, un profundo estudioso de las distorsiones en el idioma de los argentinos, con publicaciones periódicas en el diario local sobre ese tema. (Fotos)
Recientemente se ha publicado el libro “Sueltos de lengua”, de Alicia María Zorrilla, en el que se aborda con humor estas y otras muchas cuestiones idiomáticas.
Y mucho tiene que ver el periodismo en las diferentes deformaciones, y no crean que me excluyo. Lo único que puedo decir en mi defensa es que si lo hago es por descuido y hasta por desconocimiento y no por cierta despreocupación por expresarme correctamente.
De tal modo la expresión “cerca mío” puede ser que se me deslice en alguna ocasión, aún cuando sé que lo correcto es “cerca de mí”.
Pero hablando del periodismo, es interesante detenerse en el vocabulario utilizado muchas décadas atrás, generalmente de manera recurrente a términos extranjeros que luego se fueron castellanizando.
En un sobrevuelo rápido por publicaciones de los años 30 se pueden detectar algunos de esos casos, especialmente cuando las crónicas se referían a cuestiones deportivas.
Score, sería tanteador; Field, el campo de juego; Football, fútbol; Match, partido o encuentro; Goals, goles; Team, equipo; Five, equipo de básquetbol; Combinados, selecciones; Referees, árbitros; Draw, empate; Criterium, competencia de ciclismo; Fullback, defensor; Winger, punteros; y la lista es enorme y podría seguir.
Algunas palabras, como se ve, todavía se utilizan aunque en menor medida, lo mismo que otras como Kermese y Cocktail, por ejemplo, aunque argentinizadas.
Pero la influencia inglesa y francesa en la historia nacional siempre fue importante en un país que puso su mirada de admiración sobre Europa.
Ejemplos: Chauffeur, Mitin, Linghera y Cafishio.
Los anglicismos se han potenciado en los últimos tiempos de la mano de las nuevas tecnologías y modalidades de comercialización.
Y no es una cosa del pasado. La globalización y otros aspectos hacen que sea una tendencia recurrente.
Ya estaba vigente hace mucho, pero la pandemia han incentivado el uso de la palabra delivery, que ya está incorporada no solamente en el uso popular, sino que es usada en avisos comerciales como algo natural.
Y hay otros muchos ejemplos.
Hay palabras que usadas históricamente no daban lugar a dudas. El caso de almacén y tienda.
Ahora escucho que hasta hay un “almacén de mujeres”. Si venden mujeres tendré que hacerme cliente, aunque en realidad no sé para qué a mi edad. Y hay otros almacenes.
También escucho y veo “tienda de carnes”. Quizás vendan ropa con modelos incluidos, de allí la carne. Y hay otras tiendas de varias cosas que no son prendas o telas, etc. Por ejemplo “tienda de muebles”.
Esas expresiones son escuchadas reiteradamente incluidas en publicidades radiales.
De la misma manera que hubo palabras que definieron situaciones específicas de una época, lo mismo puede decirse de otras que virtualmente han desaparecido pero que eran de uso frecuente en el periodismo.
Las crónicas de época recordaban algunos de los juegos clandestinos que movían mucho dinero, que raramente eran sancionados por la autoridad policial, muchas veces “adornada” para que hiciera la vista gorda.
La taba, la quiniela, el choclón, la lechuza y el huesito, eran algunos de aquellos juegos.
Excepto la quiniela, los restantes han quedado fuera de la consideración pública, lo mismo que las cuadreras, reemplazadas estas últimas por las carreras de galgos.
Estas mueven mucho dinero y se siguen realizando a pesar de la prohibición existente al respecto y la acción de las entidades protectoras de animales.
El entusiasmo ha hecho que me escapara del hilo original de la nota, pero me pareció interesante rescatar algunos de los términos que con frecuencia el periodismo utilizaba muchos años atrás.
Es inútil y hasta anacrónico oponerse a la evolución inexorable de todas las cosas, incluyendo el idioma.
Horas atrás y para mi beneplácito, y seguro de muchos más, la Real Academia Española rechazó incorporar “elle” al léxico castellano. No es mucho, pero algo es.
Los viejos irreductibles como yo, lo único que podemos decir es que “todes unides triunfaremes”, por más que sabemos que es una cruzada perdida de antemano.

Escribe Omar Alonso – [email protected]
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